https://tierrasdeluominem.blogspot.com/
Las tropas de la alianza sureña llegaron a las tierras dominadas por la Casa Huar, en la región de Kell. A la quinta jornada de la tercera luna creciente, ocuparon el inmenso valle tras el bastión de las puertas de Harald.Thrand de Harald, el Lobo Blanco, hijo de Avalor de Harald, señor de Barhador, estaba al mando de un ejército de cinco mil hombres, e Ingimundr de Halldor, heredero de Asabiam, comandaba una hueste de más de tres mil jinetes y mil espaderos.Los señores de la alianza sureña se instalaron en un cerro cercano al vasto campamento militar. Unas enormes tiendas de campaña de color rojo carmesí coronaban la cima del cerro, y un sinfín de sirvientes, mozos y servidumbre corrían frenéticos, acondicionando el lugar para sus señores.Ingimundr se acercó al borde de la cima del cerro, cerro desde el que se divisaba gran parte del inmenso valle sureño. Una suave brisa corrió por sus mejillas, el joven señor, aún pertrechado con su coraza y cota de mallas, se quitó el yelmo y dejó que la brisa acariciara sus mejillas, que ahora se veían pobladas de una espesa barba color oscuro. Los días de marcha desde la lejana región sureña de Asabiam habían transformado el dulce rostro del joven señor en un cansado y tenso semblante, ayudado por el polvo del camino.Miró intranquilo hacia el norte y entrecerró los ojos, intentando respirar los últimos soplos de una paz que él había venido a extinguir.El Lobo Blanco se acercó a él, su oscura armadura negra y pulida como el ónice delataba su presencia, el blasón de los Harald, el dragón, lucía atemorizante en las hombreras de la oscura coraza. Se acercó unos pasos hacia su aliado y, por un segundo, se quedó en silencio al lado del de Asabiam, intentando percibir por lo que en sus pensamientos discurría. Se quitó el pesado yelmo de acero del mismo color que la coraza y respiró profundamente antes de comenzar:—Saludos, mi señor Ingimundr, preciosa mañana para conquistar unas tierras.Ingimundr lo miró con una mirada deferente, pero exenta de ánimo, cogió el pomo de su espada con una mano y le dedicó un gesto cortés con la cabeza:—Hemos venido a impartir justicia, mi señor, las tierras siguen siendo del thal, la Casa de Abp es la regente.—Por ahora, es bien sabido que los reyes y los señores son a los ojos de los dioses como marionetas, hoy poseen un poder ilimitado, pero en el futuro…Ingimundr hizo un profundo silencio, mientras aún podía sentir la brisa en su rostro. La conversación no era de su agrado, así que intentó zanjarla lo más educadamente posible:—Debe de ser difícil separarse de su reciente y bella esposa, pariente — continuó el Lobo Blanco.—¡Lo es! Hemos de acabar con esto, deseo volver a mis tierras, entero, a ser posible.Thrand rio jugosamente, mientras le golpeó virilmente el hombro a su pariente, luego se adelantó un paso y clavó la mirada en el señor de Asabiam:—¿El lecho le reclama, mi señor?Ingimundr dibujó una sonrisa molesta en los labios, miró duramente a su pariente y contestó con una áspera pregunta:—¿Se dice por el sur que el Lobo Blanco prefiere la guerra que a su esposa? ¿Ha oído algo al respecto, mi señor? —Luego, guardó un irónico silencio, esperando la respuesta.—Los dragones yacen, viven y mueren donde les place, mi señor Ingimundr. Los dragones no dan cuenta ni a ciervos ni a águilas, somos indómitos y salvajes.Ingimundr lo miró sonriente y le devolvió el golpe de hermano en el hombro. El ruido hueco y firme de la coraza de Thrand trajo oscuros presagios en la mente del joven señor de Asabiam:—La tienda está dispuesta, hemos de reunirnos para el plan de ataque, Minasben está a cinco jornadas de aquí, cinco duras jornadas en una región que no conocemos bien, hemos de preparar el ataque.Ingimundr asintió con la cabeza, su rostro se torno árido como las negras tierras de As’wa, ya no había marcha atrás, la invasión era una realidad cada vez más cercana y era el motivo por el que su espíritu se encogía. Nunca había sido religión, ni de su agrado, las guerras de hermanos contra hermanos, y menos cuando los motivos eran al fin y al cabo un plan de traición, orquestado por el padre de su reciente esposa Gudrog de Erlings. Este era un buen momento para echar de menos la presencia en el campo de batalla de su consejero Gléomer. «¿Sabría Gléomer salir de esta situación? Solo los dioses poseían esa respuesta», pensaba. La enorme tienda de campaña estaba presidida por una descomunal mesa que dibujaba casi a la perfección el territorio de la región de Kell, sus ríos, sus valles, las lomas y los discretos cerros, y las fortificaciones de las casas menores de Huar. Unas figuras de bronce estaban ordenadas en las diferentes cuadernas del mapa, junto a la ciudad que correspondía. Unas figuras de bronce de una cabeza de caballo hacían referencia a las tres ciudades libres, una por cada regente y ciudad, cada una teñida de un color. Se podía ver el oso de los Gweior, el halcón de los Cassatan y el perro de los Urugrist de la ciudad blanca, dragones negros y águilas azules ocupaban su situación actual en el mapa. Todo perfecto y bien dispuesto junto con ocho copas de vino de la región de sus ancestros, una para cada uno de los mariscales.Ingimundr observó que, a un lado y a otro de la mesa, esperaban ya seis de sus más cualificados generales, pertrechados con su impoluto uniforme y refrescados, dispuestos para recibir las órdenes de sus jóvenes señores.Thrand se situó en uno de los lados estrechos de la mesa junto a Ingimundr, miró a sus generales y comenzó:—Mis señores, aquí nos encontramos, sé que nunca hemos luchado juntos, sé que no es del agrado nuestro batallar hermano contra hermano, pero la justicia del thal y su mandato debe prevalecer por encima de nuestros pensamientos. A estas tierras venimos para impartir justicia y arrancar de Luominem la semilla del mal que en Minasben mora…, ¡justicia del thal! —Gritó ansioso Thrand, mientras los generales aplaudían corteses—. Las intenciones son que nuestro ejército se dirija por el camino del oeste hacia la ciudad de Minasben. A una jornada de la llegada a la fortaleza de Kell, nuestros ejércitos se dividirán en dos facciones: por el centro, los dragones de Barhador comandados por mí; y al oeste, bordeando las laderas de las montañas, el ejército de Asabiam, espaderos y jinetes maniobrarán en pinza, ocupando uno de los flancos de la batalla, a la espera de recibir órdenes. Haremos que el ejército de Huar ataque frontalmente a nuestras más evidentes filas y, una vez fuera, los rodearemos. Hay que intentar alejarse de las murallas de Minasben, puesto que están fuertemente armadas con arqueros y escorpiones, no deseo muertes, deseo la cabeza de Huar para enviársela al thal.